Durante más de diez años trabajé como veterinaria generalista. Veía muchos casos mejorar, sí. Pero también veía otros en los que sentía que algo faltaba. Que no bastaba con tratar síntomas, ni con mirar solo lo físico.
Me di cuenta de que necesitaba ampliar la mirada.
Y así empezó mi camino hacia una medicina veterinaria más integradora, más completa, más humana.
Empecé a formarme en terapias que me permitieran escuchar al animal de otra forma: kinesiología, acupuntura, terapia floral, fitoterapia, quiropráctica…
Cada herramienta sumaba. No sustituía, no excluía. Solo me ayudaba a ver con más claridad qué necesitaba cada paciente.
Hoy no trabajo con protocolos cerrados.
Trabajo con sensibilidad, con atención, con tiempo.
Escucho a tu animal, pero también te escucho a ti. Porque sois un todo, y la sanación verdadera empieza por ahí.
Sigo siendo veterinaria. Pero desde un lugar mucho más profundo.
Desde la certeza de que el cuerpo y la emoción están conectados.
Desde el compromiso de acompañar de forma consciente, natural y respetuosa.